| Historia de una orgía: Yo sobreviví a los swingers. El Salvador |
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¿Se replican en El Salvador esos clubes cuyos miembros se juntan para intercambiar pareja? El Faro accedió a ese mundo semiclandestino y monoteísta que, bajo un puñado de reglas básicas, rinde culto a su único dios: el sexo. El rito -esta vez- ocurre en una residencia de San Salvador, que igual convoca a piel fresca que a carne macilenta, y en la que la consigna es: id y complaceos.
No es aún la medianoche y la fiesta ya ardió. Este es un jardín bien cuidado. Un muro largo y blanco sirve de telón para proyectar un concierto furioso de los Kumbia Kings. Sobre las mesas queda el desparpajo de platos arrasados y casi una veintena de personas bailan y se pasean con vasos en las manos. Unas antorchas alumbran las esquinas. La luna está desnuda hoy, y se ha sentado en su butaca con los ojos bien abiertos. Si brilla tanto será porque no se quiere perder nada. Ya no se mira a nadie con la ropa puesta.
* * *
“Toc, toc, toc”, sonó el celular, anunciando que había llegado un mensaje. Era de Demián: “Bueno, es a partir de las 7:30, cada quien lleva lo que va a tomar y la protección y la chica”. El Peregrino prendió un cigarro y entendió por qué se volvió tan popular aquella antigua ocurrencia que sentencia que no es lo mismo llamarla que verla venir. Se descubrió cobarde, como cuando siendo joven, parado sobre un tatami, se sentía estúpido con ese uniforme de karate, a punto de recibir una paliza voluntaria a manos -y pies- de un desconocido que, invariablemente, lo aporreaba sin clemencia. Era exactamente la misma sensación, calcada: los segundos estiraaaados, laaaargos, antes de que un árbitro dijera algo en japonés que desencadenaría una andanada de patadas voladoras. Miedo. Miedo ácido y frío en el cielo de la boca, como una hojuela metálica, acompañada de la misma pregunta: “¿Qué estoy haciendo aquí?” Y una añoranza infinita de todos los lugares en los que no estaba. Pero al menos en aquel recuerdo todo quedaba claro para él: tenía miedo de que ese tipo que estaba del otro lado del tatami le hiciera desaparecer la nariz de un puñetazo, o le sacara el estómago por la boca, de una patada. Del cigarro sólo quedaba una brasita que no le alcanzó para llegar a entender su propio susto. Soltó una bocanada de humo que se perdió en la noche. Eran casi las ocho. * * * De El Peregrino sabemos que desde que apareció la posibilidad de participar en estas fiestecillas se puso a hacer abdominales y a mirarse más de la cuenta en un espejito diminuto que colgaba tan alto de una pared, que nunca le permitió comprobar el fruto de sus esfuerzos. Sabemos también que había acariciado, durante años, el encuentro con esta comunidad clandestina de gentes que tienen fama de barajar besos y sudores; unos tipos que dieron con la alquimia mágica al responder esta pregunta: ¿cómo se hace para tener sexo con mucha gente sin escondérselo a tu pareja y sin que esta se moleste? Se llaman a sí mismos swingers, que en español tiene una traducción difícil de atrapar con una sola palabra. El verbo que les da origen vendría siendo una combinación de “balancear”, “hamacar”, “columpiar” o “mecer”; aunque quizá la palabra más transversal y zurcidora sería “pendular”. De modo que a este movimiento de alquimistas bien podríamos llamarlos, en la lengua de Cervantes, “los pendulantes”. A El Peregrino le parecía que su invento era uno de los más complejos e importantes desde que un científico inventó la penicilina y, de hecho, no apareció mucho después del hallazgo de este antibiótico. Terry Gould es un periodista investigativo, canadiense, sesudo y oficioso, que se ha ganado un saco de premios importantes por sus piezas sobre el crimen organizado y violencia. Resulta que Gould -que da talleres a oficiales de cuerpos de seguridad para que aprendan a conseguir informantes- publicó en 1999 un librito bastardo que se llama “Estilo de vida: un vistazo de los ritos eróticos de los swingers”. En téminos de temática, la única conexión con la mayor parte de su obra tal vez sea que en ese libro también aparecen fuerzas del orden. Militares, para ser precisos... intercambiando a sus esposas. Gould concluyó que el inicio del movimiento swinger tuvo lugar en medio la segunda guerra mundial. Y que fueron los pilotos de la armada estadounidense los patriarcas. En la versión más romántica, la práctica fue el resultado de la preocupación de los aviadores por dejar a sus esposas desamparadas en caso de que sus naves fueran derribadas. De modo que sellaban una especie de pacto de honor con sus colegas cambiando esposas, en el acuerdo que el sobreviviente velaría por la viuda como si fuera su propia cónyuge. En la versión más mundana, los astutos pilotos norteamericanos simplemente no quisieron quedarse con las ganas de probar a la mujer del prójimo. Demián parece más cercano a esta corriente. “Mirá -le había explicado a -El Peregrino en su primera cita-, la verdad que a nosotros lo que nos gusta es ¡cogeeeer!”. Y el otro escuchó su respuesta poniendo su mejor cara de Larry King, sintiendo que ahora sí había entendido más o menos de qué iba la cosa. Como hemos dicho, El Peregrino había perseguido durante años a los swingers. Escribió correos a algunas de las más de 4 mil respuestas que ofrece google a la búsqueda “swingers en El Salvador”. Alguna vez subió incluso una foto suya, acompañado de una chica bonita como anzuelo. Nada. En respuesta recibió el silencio y una cantidad importante de virulentos spams en su correo electrónico. Realizó incluso algunos pininos en homenaje a los señores “pendulantes” y llegó a la conclusión de que en su país, enano y rancio, la existencia de esta logia sería imposible. De todas formas los pininos no estaban mal. Tras varios años de imitaciones apócrifas y como se suelen encontrar las mejores cosas, los halló sin buscar. En horas laborales los encontró. Terminaba una entrevista con una fuente -habrá que decir que nuestro personaje ha conseguido trabajo de periodista en un periodiquillo sibarita muy mal visto por algunos círculos de su país- cuando apareció la primera posibilidad. Su fuente era una chica morena, de ojos afilados y lengua brutal. Ella, dijo, tenía el teléfono de un señor que aseguraba ser un alquimista salvadoreño, cuyo contacto guardaba con un seudónimo misterioso... Quedaron en que ella preguntaría si el tipo toleraría una conversación con un reportero. Esa misma tarde había una respuesta: sí, sí lo toleraría. Como a muchos sobre los que Stanley Kubrick perpetró su enajenante influencia por medio de la película Eyes wide shut, El Peregrino había construido en su cabeza un escenario con modelos rubias y enmascaradas, de estómagos atómicos y piernas tentaculares; de tarzanes elegantes, ataviados con sotanas, que más que cogerse entre sí, cohabitarían refinadamente. Y entonces apareció Demián para desparramarle la fantasía y hacerle dudar de que el swingerismo fuera tan cool. Sentado en una mesa de la chocolatería Shaw's -en medio de un barrio con ínfulas de exclusivo llamado Zona Rosa- , El Peregrino especulaba sobre la profundidad de la conversación que sostendría con Demián. Tenía pensado sorprenderlo con un buceo filosófico sobre los límites; generar empatía mostrándose liberal y aventajado en temas de moralidad sexual; darle confianza charlando sobre la deontología periodística. Pero sobre todas las cosas, como punto muy importante, había planeado mostrarse muy por sobre las banalidades propias de una teta redonda y firme, o de unos muslos sudorosos y gráciles. Desdeñoso con las florituras que regala pasear las manos por una cintura breve y riesgosa, o por el ángulo afilado que se dibuja apenas por sobre una fald... ¡ejem! Bueno... o sea que había decidido ponerse serio pues. En esas cavilaciones estaba El Peregrino cuando apareció Demián con sus lentes oscuros, oteando con descaro el lugar. Era un tipo alto y robusto, que bien podría ser el protagonista de cualquier película sobre la mafia italiana. Tenía ojos claros, un corte de estilo militar y se reía, precisamente, como un gángster de cine. Algo en su risa le hizo sentir a El Peregrino que había caído en una emboscada. Demián se dejó caer pesadamente sobre la silla y se quitó los lentes mientras sonreía con desfachatez. “Ajá... ¿qué ondas?” * * * El Ogro camina con el aplomo de amo y señor de este territorio. Va completamente desnudo, como todo mundo a esta hora, e ignora, con pose de mayordomo, las correrías que ocurren alrededor de la casa. Sube a la segunda planta y husmea con desinterés lo que pasa en los cuartos. Afortunadamente él también es ignorado por todos, salvo una que otra caricia de rutina que le prodiga alguna de las chicas. El Ogro es un perrito muy serio y al parecer muy acostumbrado a estos eventos. Mientras el animal recorre la casa, dos tipos conversan sobre política; a su lado, sobre el pasto del jardín, cuatro mujeres se lamen las entrepiernas unas a otras, produciendo un gemido acompasado, como sería el zumbido de un panal de abejas sopranos.
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Durante ese tiempo, El Peregrino dejó de hacerse ilusiones y de soñar con las modelos de Kubrick, que combinaban besos enmascarados. En cambio, en la cabeza se le aparecía Demián y su sonrisa de gato maligno. Por las noches escudriñaba Internet, buscando alguna escena swinger con apariencia real, pero sólo encontró a actrices porno con cuerpos esculpidos y gemidos ensayados. ¿Cómo sería la acompañante de Tony Soprano? ¿Cómo sería ese rebaño lujurioso, al que representaba Demián? Lo más cercano a una respuesta lo encontró en un sitio swinger de Guatemala, en un apartado de preguntas frecuentes: “Pregunta ¿Las personas serán atractivas? Respuesta: Es quizás la pregunta más frecuente y la primera que contestaremos; NO ENCONTRARÁS ESTRELLAS PORNO y eso es seguro. Es entendible que busques personas muy atractivas a tu gusto y seguramente las encontrarás; pero recuerda que en este ambiente no sólo es importante el aspecto físico, sino también la química entre las personas”. Una madrugada, mientras El Peregrino elucubraba sobre el asunto, se dio cuenta del peligro que encerraba el sólo hecho de hacerse esa pregunta: para el editor del periódico y para tener material suficiente con el que regalar a los lectores, daba exactamente igual si la fiesta era una suma de espantos, una manada de manatíes copulando... de forma que sus inquietudes tendrían que venir de otros lados. ¿Por qué carajos había estado poniéndose de puntillas para verse la panza en aquel espejito? Aquella vez pensó que era mejor no darle más vueltas al tema y dejar que las cosas siguieran su curso. Del primer encuentro con Demián, El Peregrino había sacado en claro esto: no existe en El Salvador ningún club, o bar, o discoteca swinger, pero sí hay una comunidad numerosa, que Demián estimó en “cientos”. De forma que se reúnen en la suite de un hotel, o en la residencia de alguno de ellos, para realizar sus veladas. Salvo raras excepciones no se admiten hombres solos, en cambio, mujeres solas sí. Cada relación deberá hacerse con protección. Que está muy mal visto el homosexualismo entre hombres y que tenía vigencia la regla universal de esta comunidad: “No significa no”. Si eres rechazado no debes preguntar por qué, o insistir, bajo ningún término. La segunda cita tuvo lugar en “La Ola Betos”. El Peregrino llegó temprano al lugar y se instaló dos cervezas entre pecho y espalda antes de darse cuenta. Cuando prendía el tercer cigarrillo apareció Demián con su esposa y volvió a hacerse la luz en la cabeza de El Peregrino. Se trataba de una chica bajita de 29 años, que contrastaba como una caricatura con los 44 años y el cuerpo de puerta de Demián. Tenía una cara aniñada y maneras juguetonas. Miraba tras unos anteojos femeninos y llevaba una camisa rosada que le daba una apariencia inocente y dulce. Hablaba con un quejido caprichoso de lolita coqueta. El Peregrino intentó imaginarse una escena de cama con esta niña y el resultado le hizo pasar otra cerveza fría por la garganta con tragos largos y atolondrados. “Mi señora”, dijo Demián, a modo de presentación, y sonrió con su gesto gangsteril mientras tomaban asiento. En los preludios, Demián disertó sobre el problema actual en el que las mujeres quieren ser iguales a los hombres; que en una selección de temas, el asocio de la moda con las chicas es natural... Mientras su chica celebraba cada comentario con risitas comedidas, Demián derrochaba encanto y fanfarroneaba sobre la amplitud del movimiento swinger, que se mueve por debajo del mantel y donde se supone que hay personalidades públicas y miembros de los distintos cuerpos diplomáticos. “Los hombres no prestamos tres cosas: el carro, la pistola y la mujer. Los swinger creemos en las primeras dos”. Lolita se levantó de la silla para reírse y acariciar la mano de su macho. “Hay que tener una relación sólida y estar bien seguro para prestar a tu mujer y que te le aceiten los empaques”, explicó Demián, verificando con la mirada el efecto de su broma. “¡Y bien aceitados!”, complementó Lolita, pícara. El Peregrino se rio como pudo y encendió otro cigarrillo, mientras dentro del cuerpo se le entibiaba algo. Demián seguía hablando, pero El Peregrino tenía los ojos puestos en otro lado y por no quedarse atrás relató algunos de sus pininos. Lolita lo premió: “No nos ves como un circo. Tú interés lo vuelve más real...”. Otra cerveza, por favor. -Todas nosotras somos bisexuales -comentó Lolita, como quien dice misa. -¿Vos has estado con otras chicas? -preguntó El Peregrino, a sabiendas de la respuesta. -Claaaaro. ¡Me encanta! A veces, de la pareja es solo ella la que quiere estar conmigo. La otra vez estuvimos tres niñas y... El Peregrino entreabrió su libreta y escribió “I'm hot”, cuando sus propias ataduras terminaban de romperse y notó cómo se le encendía un motor en el pecho, que sintió ronronear con violencia. Trató de complacer descaradamente su propio morbo pidiéndole a Lolita un relato pornográfico mal disfrazado de pregunta periodística. “Dale, contame algún episodio en el que hayás estado”, pero la chica dio un brinquito dulce para salir de la trampa y no le cumplió el deseo: “Es... es muy... bonito. Tendrías que estar”, dijo, y lo miró por sobre los lentes, sonriendo de medio lado. Cazador cazado. Demián había consultado con su comunidad la posibilidad de invitar a un periodista en funciones a sus veladas nocturnas. Muchos aceptaron. Demián dijo que convocaría el evento en su propia casa, para hacer sentir confortable al Peregrino y para que “ningún hijueputa te pueda decir nada”. Muy agradecido El Peregrino, muy agradecido. Pero... Pagaron las cervezas, que no habían hecho más que multiplicarse durante la charla. Lolita y Demián se dirigieron una mirada cómplice y este se reacomodó en la silla. Tenían algo que preguntar: “¿Y ustedes dos participarían o no participarían?” El Peregrino no había llegado solo a la cita. Una de las cosas que Demián había explicado en el primer encuentro es que si El Peregrino llegaba acompañado le sería más fácil socializar, pasar inadvertido, entrar. El Peregrino pensó que sería una retranca imposible: ¿De dónde carajos iba a sacar -sin pagar- a una chica que accediera a asistir a una orgía llena de desconocidos? Sin embargo, en una semana, tres salvadoreñas se habían anotado con entusiasmo al evento, después de que dos europeas lo rechazaran con asco. El problema fue más bien elegir. La primera posibilidad era una chica menuda, guapa y lista, que había dado pruebas de no hacerle el feo a una cama interesante... pero que era capaz de mandar al cuerno, sin muchas maneras, al primero que le regalara una bromita tonta. El Peregrino pensó en las ocurrencias de Demián y se lo imaginó como un buen candidato a víctima. No quería eso. La segunda opción era una chica alta y flaca, que también había dado pruebas suficientes de tener apertura, bastante apertura, mucha apertura... ¡demasiada apertura! Si se trataba de pasar más o menos inadvertido no era opción soltar una fiera dentro de la casa de Demián. No. La tercera opción era amiga desde hacía varios años y El Peregrino sabía que le gustaba pensarse a sí misma como una chica mala, como una femme fatale, y eso era una ventaja. También sabía que no lo era, y eso también era una ventaja. Al contrario de las otras dos opciones, esta era unos años mayor que él y combinaba el arrojo con la mesura; además de tener unos ojos risueños. Sería ella. En este relato, la llamaremos Marvel. ... “¿Y ustedes dos participarían o no participarían?” El Peregrino volvió a ver a Marvel, para descargarla de responsabilidad, se asumió como el vocero de la pareja y pronunció una respuesta digna del presidente de la República: “No lo descarto... no niego que la idea me da morbo... pero no quisiera comprometerme”. “A mí también me da morbo”, sazonó Marvel. Demián y Lolita se dieron por satisfechos y ella zanjó el asunto gimiendo entre dientes: “Deberían”. 9 de la noche. Por las dudas El Peregrino se dio una ducha, se cambió los calzoncillos y se puso unos negros ajustados, marca Zara, que habían sido un regalo navideño. Dio un par de brincos más frente al espejito y respiró hondo. Había dentro de su estómago una piedra que crecía con cada vuelta de reloj. ¿Por qué? ¿Por qué?
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EL FARO, El Salvador, 2 de Mayo de 2010, por Carlos Martínez
Comentarios (3)
![]() escrito por luck , 21 octubre, 2010 Es una lastima que hay personas que aun no puede aceptar esta clase de relaciones aunque habemos otros que si queremos talvez poder ser parte de esto no sabemos como vamos a reaccionar al estar frente a frente con la ocación y lo otros es que no sabemos si podemos ser parte de ellos.
En hora buena disfruten el momento y solidifiquen sus relaciones de pareja. Saludos Alucard Reporte el abuso
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escrito por Montecristo2 , 18 julio, 2010 Los amigos Salvadoreños se asustaron por el relato,,en relaidad no pone en evidencia a nadie,,,y esta bien,,lomalo es q ue el periodista despues de que la gozo,,descirbe alas sepñara un poco despectivo,,,malo,,,pero bueno de todo hay en esta vida,,
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Este grupo de amigos ha logrado la separacion de la relacion psico-afectiva de pareja con la satisfaccion de necesidades, curiosidades y desviaciones puramente sexuales, y podrian ser solucion a muchos problemas que tienen origen en filosofias o culturas que no toman la naturaleza altamente sexual y curiosa del hombre y la mujer, en otras palabras, tanto yo como hombre voy a desear tener mas de una mujer en mi vida, como mi mujer va a desear estar con otro u otros hombres que le llamen la atencion. Pero el respeto a nuestras tradiciones culturales nos lo impide. El machismo de esto radica en una inseguridad personal, el machista aunque no lo diga, teme... Que tal y si a mi mujer le gusta mas estar con otro hombre o con una mujer que conmigo? Sera que me amara menos? Sera que me mirara de menos? El solo pensar esas cosas hacen que sea imposible para algunas personas inseguras salirse del cuadrado, y lo mismo sucede a las mujeres...
El "estilo de vida" no es para todos, definitivamente. Bien por los que si pueden hacerlo! Que envidia! muchas gracias al Peregrino y a Marvel por habernos iluminado con un articulo que nos trae a nuestra realidad como salvadoreños, las cosas bonitas que pasan sin que nos demos cuenta que estan alli.